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La reinvención del profesionalismo universitario: La emergencia del Tercer Espacio

Columna 1 | Serie: El Tercer Espacio en las universidades

Introducción a la serie

La literatura especializada establece que el Tercer Espacio es un territorio emergente entre los dominios académico y profesional, impulsado por la creciente complejidad de las universidades contemporáneas.

Desarrollado principalmente por Celia Whitchurch, este concepto describe un área de actividad donde las fronteras tradicionales se vuelven porosas, permitiendo la aparición de profesionales mezclados (blended professionals) o HEPROs. En el contexto chileno, la investigación de Judith Scharager demuestra que este espacio se ha materializado a través de unidades de aseguramiento de la calidad, surgiendo como respuesta a las reformas de 1981 y la necesidad de legitimidad en una “sociedad de la transparencia”.

La literatura también revela una marcada dimensión de género (en Chile, aproximadamente el 65.7% de las personas que ocupan cargos en estos espacios, son mujeres) y desafíos identitarios profundos.

En esta serie de tres columnas, se abordará la emergencia, configuración y desafíos del Tercer Espacio en las universidades.

Columna 1

Tradicionalmente, la arquitectura organizacional de las universidades se ha sustentado en una estructura binaria: el estamento académico y el estamento administrativo. No obstante, la creciente complejidad de las instituciones de educación superior y las demandas externas contemporáneas, han generado una “liquidez” en estas fronteras, dando paso a lo que Celia Whitchurch denomina el Tercer Espacio. Este territorio no es simplemente una división administrativa adicional, sino un escenario emergente de actividad colonizado por formas de profesionalismo menos delimitadas. El concepto tiene raíces profundas en la teoría social y cultural que conciben  el tercer espacio como una zona de negociación, hibridez y tensión donde se reinterpretan los significados. En la universidad, esta zona surge para capturar roles que no encajan enteramente en los dominios tradicionales, permitiendo la confluencia de misiones de docencia, investigación y gestión institucional.

Los habitantes de este espacio son los denominados Higher Education Professionals (HEPROs) o “profesionales híbridos” (blended professionals). A diferencia de los administradores de décadas pasadas, estos sujetos poseen altísimas calificaciones, incluso a nivel de doctorado, y trayectorias que hibridan lo intelectual con lo gerencial. Estos profesionales trabajan “codo a codo” con los académicos, no como meros proveedores de servicios, sino como socios estratégicos que aportan un capital colaborativo indispensable para la supervivencia de la universidad. Ejemplos de estos roles incluyen a los coordinadores de investigación, diseñadores instruccionales y gestores de vinculación con el medio, quienes actúan como “analistas naturales” del ecosistema universitario.

 

Una de las contribuciones más innovadoras del Tercer Espacio es la producción de un nuevo “tipo de conocimiento” que es  sensible al contexto e integra las perspectivas de múltiples partes interesadas o stakeholders. Este tipo de saber  técnica para enfocarse en soluciones prácticas y transformadoras para los problemas locales de la institución. Sin embargo, ocupar este umbral implica desafíos críticos de visibilidad y legitimidad. Muchos profesionales reportan que sus roles no aparecen en los organigramas formales, carecen de trayectorias de carrera claras y enfrentan una constante incertidumbre laboral.

Whitchurch distingue entre aquellos que simplemente están “trabajando en el tercer espacio” —sintiéndose a menudo frustrados por la falta de reconocimiento— y los “profesionales del tercer espacio”, quienes han logrado construir una identidad sólida basada en su capacidad de crear redes y “vender” el valor de su trabajo interdisciplinario. La universidad del futuro, según estas investigaciones, depende de su capacidad para reconocer y normalizar estas identidades híbridas. El Tercer Espacio se presenta, así, no como un refugio temporal, sino como el motor de la innovación institucional que permite a la universidad navegar un entorno globalizado y competitivo.

En este horizonte, el aseguramiento de la calidad trasciende la mera obtención de un “sello” o el cumplimiento de indicadores ritualistas en procesos de acreditación o certificación, para convertirse en una verdadera cultura de calidad compartida. Bajo este nuevo paradigma, el profesional del Tercer Espacio debiera actuar como un mediador estratégico capaz de traducir las métricas externas en procesos de mejora continua y autorregulación, garantizando que la rendición de cuentas no asfixie la innovación, sino que la potencie. Así, la calidad de la educación deja de ser un producto de cumplimiento técnico para validarse como una función transformadora, donde la colaboración entre académicos y gestores asegura que la misión institucional se mantenga alineada con las demandas de transparencia y pertinencia que la sociedad contemporánea exige a sus universidades.

 

Bibliografía de referencia

  1. Han, B-C. (2013). La sociedad de la transparencia. Herder.
  2. Harvey, L., & Green, D. (1993). Defining Quality. Assessment & Evaluation in Higher Education.
  3. Morley, L. (2005). Opportunity or exploitation? Women and quality assurance in higher education. Gender and Education, 17(4).
  4. Scharager, J. (2016). Nuevos actores en un escenario antiguo: la profesionalización de la gestión de la calidad académica en Chile, 1990-2015. Universidad de Leiden (Tesis Doctoral).
  5. Whitchurch, C. (2008). Shifting Identities and Blurring Boundaries: The Emergence of Third Space Professionals in UK Higher Education. Higher Education Quarterly, 62(4).
  6. Whitchurch, C. (2013). Reconstructing Identities in Higher Education: The Rise of Third Space Professionals. Routledge.
  7. Whitchurch, C. & Healy, G. (2024). The concept of third space as an enabler in complex higher education environments. London Review of Education, 22(1).