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El tercer espacio en la universidad: entre la invisibilidad y la necesidad

Columna 2 | Serie: El Tercer Espacio en las universidades

En una columna anterior planteábamos que las universidades ya no pueden entenderse únicamente desde la clásica distinción entre lo académico y lo administrativo. La creciente complejidad del sistema ha dado lugar a lo que la literatura denomina el “tercer espacio”: un territorio intermedio, híbrido, donde emergen nuevos actores que articulan funciones, traducen lenguajes y sostienen buena parte de la operación institucional.

Pero si esa columna se detuvo en describir la emergencia de este espacio, cabe ahora avanzar una pregunta distinta: ¿cómo se habita realmente el tercer espacio desde dentro?

Porque más allá de su relevancia conceptual, este no es un espacio neutro. Es un lugar atravesado por tensiones, ambigüedades y disputas de sentido.

Quienes trabajan en él —particularmente en ámbitos como el aseguramiento de la calidad— no solo cumplen funciones estratégicas. También deben construir su legitimidad en un entorno que no siempre los reconoce como parte del núcleo universitario.

En este sentido, el tercer espacio no es solo una categoría organizacional. Es, sobre todo, una experiencia institucional compleja.

La evidencia en el caso chileno es bastante elocuente. Los profesionales encargados de la gestión de la calidad describen su trabajo en términos de invisibilidad, falta de reconocimiento y, en ocasiones, exclusión de los espacios académicos. No se trata únicamente de que sus roles sean difusos. Es que su identidad se construye muchas veces desde la frontera: no son plenamente académicos, pero tampoco son administrativos en el sentido tradicional.

Y esa posición —necesaria, pero ambigua— es precisamente la que define la paradoja del tercer espacio.Porque si uno mira con atención, ese tercer espacio no es solo un lugar organizacional. Es, sobre todo, una experiencia muy tensionada.

Las universidades han cambiado. Pero no siempre han cambiado en la forma en que se comprenden a sí mismas. Las exigencias de acreditación, los sistemas de información, la presión por resultados y la rendición de cuentas han incorporado nuevas funciones que requieren capacidades especializadas. Sin embargo, estas funciones han tendido a desarrollarse en estructuras paralelas, sin una integración plena con el quehacer académico.

El aseguramiento de la calidad es probablemente el ejemplo más evidente de este fenómeno. Por una parte, se trata de una función crítica. Hoy resulta difícil imaginar una universidad que pueda sostener su legitimidad sin mecanismos formales de evaluación, monitoreo y mejora continua. La calidad ha dejado de ser un atributo implícito del trabajo académico para convertirse en un objeto explícito de gestión.

 

Pero, por otra parte, quienes se encargan de esta función no siempre son percibidos como actores centrales del proyecto académico. Se produce así una tensión estructural. Estos profesionales deben incidir en procesos académicos sin formar plenamente parte de ellos. Deben dialogar con académicos desde una posición que no siempre es reconocida como equivalente. Deben traducir estándares externos en prácticas internas, muchas veces enfrentando resistencias que no son solo técnicas, sino culturales.

En ese contexto, la calidad corre el riesgo de ser percibida como una capa adicional de exigencias, más que como un componente constitutivo del quehacer universitario.

Esta tensión se expresa también en la forma en que se desarrollan las prácticas de gestión. Frente a la ambigüedad del rol, muchos profesionales recurren a la técnica como forma de validación: indicadores, matrices, informes, sistemas de seguimiento. La formalización permite dar orden, visibilidad y consistencia a procesos que, de otro modo, serían difíciles de sostener. Pero esta estrategia tiene un límite.

Cuando la técnica se transforma en el principal soporte de legitimidad, existe el riesgo de que el sentido de la calidad se desplace desde la reflexión hacia el cumplimiento. Los procesos se vuelven más importantes que sus efectos, y la gestión puede terminar orientándose a responder adecuadamente a las exigencias externas, más que a comprender y mejorar el trabajo académico.

Este fenómeno no es exclusivo del caso chileno, pero en nuestro contexto adquiere características particulares. La expansión del sistema, la diversificación institucional y la creciente presión por financiamiento han reforzado una lógica donde la acreditación opera, en muchos casos, como un mecanismo de validación externa más que como una herramienta de aprendizaje interno. En ese escenario, el trabajo de quienes gestionan la calidad se mueve en una zona delicada: deben asegurar cumplimiento, pero al mismo tiempo promover mejora. Y no siempre cuentan con las condiciones para lograr ambas cosas.

A esto se suma un elemento menos visible, pero igualmente relevante: la dimensión identitaria. Los profesionales del tercer espacio no solo enfrentan desafíos técnicos. Enfrentan también el problema de definir quiénes son dentro de la universidad.

Su rol no siempre está claramente delimitado. Sus trayectorias no siguen rutas establecidas. Su reconocimiento depende, muchas veces, de la capacidad de demostrar permanentemente el valor de su trabajo. Esto genera una situación paradójica. Son actores indispensables para el funcionamiento del sistema, pero su lugar en él sigue siendo, en muchos casos, inestable. Y esa inestabilidad no es solo organizacional. Es también simbólica.

Probablemente una de las mayores dificultades radica en que el desarrollo del tercer espacio ha sido, en gran medida, reactivo. Ha surgido como respuesta a exigencias externas, más que como resultado de una reflexión interna sobre cómo deberían organizarse las universidades en contextos complejos. Por eso, muchas instituciones han incorporado estas funciones sin redefinir completamente sus estructuras, sus culturas ni sus formas de relación entre actores.

El desafío, entonces, no es menor. No se trata simplemente de mejorar procesos o ajustar instrumentos. Se trata de reconocer que una parte significativa del funcionamiento universitario actual ocurre en este espacio intermedio, donde se articulan decisiones, se produce información clave y se sostienen, muchas veces de manera silenciosa, los procesos que permiten dar forma a la calidad. Y, sin embargo, ese espacio sigue siendo tratado como periférico.

Mientras el tercer espacio continúe operando desde la ambigüedad —ni plenamente integrado al proyecto académico ni completamente reconocido en la estructura institucional—, las tensiones que hoy lo caracterizan no solo persistirán, sino que limitarán la capacidad de las universidades para desarrollar procesos de mejora con sentido.

Porque, en última instancia, la pregunta no es si el tercer espacio existe. La pregunta es si las universidades pueden seguir tratándolo como un “entre”

 

 

Bibliografía

Scharager, J., & Rodríguez, P. (2019). Identidad profesional de los administradores de la calidad en universidades chilenas: entre la invisibilización y la burocratización. Calidad en la Educación, (50), 254-283.