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El aprendizaje institucional como clave para enfrentar la presión externa en la educación superior

Desde Fundación Qualitas compartimos la primera columna de nuestra serie sobre aprendizaje institucional y cultura de calidad en la educación superior. 💡

En un contexto de crecientes exigencias externas, esta reflexión propone mirar el aseguramiento de la calidad no solo como un ejercicio de cumplimiento, sino como una oportunidad para aprender institucionalmente, transformar prácticas y sostener mejoras en el tiempo.

El aprendizaje institucional emerge aquí como una capacidad clave para enfrentar la presión externa con sentido, reflexión y proyección estratégica.

Los invitamos a leer esta primera columna y a acompañarnos en las reflexiones que iremos compartiendo a lo largo de esta serie.

 

COLUMNA 1: SERIE SOBRE APRENDIZAJE INSTITUCIONAL Y CULTURA DE CALIDAD

El aprendizaje institucional como clave para enfrentar la presión externa en la educación superior

En los últimos años, las instituciones de educación superior han visto aumentar de forma sostenida las exigencias externas que inciden directamente en su quehacer: procesos de acreditación más rigurosos, mayores demandas de rendición de cuentas, competencia creciente por matrícula y financiamiento, y expectativas sociales cada vez más altas respecto de la calidad y pertinencia de la formación. En este escenario, ya no basta con cumplir formalmente con estándares o responder reactivamente a observaciones externas. Se vuelve imprescindible que las instituciones desarrollen capacidades para aprender de sí mismas de manera sistemática y colectiva.

El concepto de aprendizaje organizacional —o aprendizaje institucional— no es nuevo, pero hoy adquiere una relevancia renovada en el campo de la educación superior. A diferencia de enfoques centrados exclusivamente en individuos, el aprendizaje institucional pone el acento en los procesos mediante los cuales una organización transforma la información, la experiencia y la evaluación en cambios sostenidos en sus prácticas, estructuras y decisiones. No se trata simplemente de “corregir errores”, sino de incorporar el aprendizaje como una forma habitual de funcionamiento.

Desde esta perspectiva, los procesos de aseguramiento de la calidad —autoevaluaciones, evaluaciones externas, auditorías académicas— no debieran ser entendidos solo como instancias de control o verificación, sino como oportunidades privilegiadas para generar aprendizaje. Sin embargo, en muchas instituciones estos procesos se viven como eventos aislados, altamente demandantes en el corto plazo, cuyos resultados se archivan una vez cumplido el requisito formal. El problema no es la falta de diagnósticos; por el contrario, suele existir abundante información. El desafío radica en convertir esa información en conocimiento compartido y en decisiones que efectivamente modifiquen las prácticas.

La literatura reciente refuerza esta idea. Estudios recientes, como los desarrollados por Rodríguez (2025), subrayan que el aprendizaje institucional ocurre cuando las organizaciones son capaces de reflexionar sobre sus resultados, cuestionar sus supuestos y ajustar sus rutinas, más que cuando simplemente acumulan indicadores. Esto implica superar una lógica de cumplimiento para avanzar hacia una lógica de sentido: preguntarse no solo qué muestran los datos, sino por qué muestran eso y qué se puede aprender a partir de ellos.

En el contexto de la educación superior, esto cobra especial relevancia en ámbitos como la gestión curricular, la evaluación de los aprendizajes, la progresión estudiantil o la vinculación con el medio. Por ejemplo, analizar tasas de reprobación, deserción o titulación oportuna solo es útil si dichas cifras se discuten en espacios colectivos, se contrastan entre unidades o sedes, y se traducen en ajustes concretos de planes de estudio, metodologías docentes o sistemas de apoyo a los estudiantes. El aprendizaje institucional no ocurre automáticamente: requiere tiempo, estructuras y liderazgo académico.

Asimismo, el aprendizaje institucional tiene una dimensión cultural. Supone generar condiciones para que las personas compartan experiencias, reconozcan errores sin temor y construyan interpretaciones comunes sobre lo que funciona y lo que no. En organizaciones altamente reguladas, como las universidades e institutos profesionales, esto no es trivial. Las estructuras jerárquicas, la distribución fragmentada del trabajo académico y la presión por cumplir plazos suelen dificultar los espacios de reflexión colectiva. De ahí que fortalecer el aprendizaje institucional implique también revisar formas de gobernanza, canales de comunicación y modos de participación académica.

Desde la experiencia de procesos de evaluación externa, resulta evidente que las instituciones que muestran mayores avances no son necesariamente las que parten con mejores indicadores, sino aquellas que logran apropiarse críticamente de las observaciones recibidas, integrarlas a sus propios análisis y sostener acciones de mejora en el tiempo. En estos casos, la evaluación externa actúa como un insumo para el aprendizaje, no como un evento excepcional. La mejora deja de ser reactiva y se vuelve parte de un ciclo continuo.

En un entorno cada vez más competitivo, el aprendizaje institucional también se vincula con la sostenibilidad. Las instituciones que aprenden son más capaces de anticipar problemas, ajustar sus ofertas formativas, responder a cambios regulatorios y sostener proyectos académicos pertinentes. En cambio, aquellas que se limitan a responder caso a caso corren el riesgo de fragmentar sus esfuerzos y repetir diagnósticos sin lograr transformaciones significativas.

Fortalecer el aprendizaje institucional no es una tarea rápida ni simple. Requiere liderazgo comprometido, sistemas de información útiles, espacios formales de análisis y, sobre todo, una disposición genuina a interrogar las propias prácticas. Pero en el escenario actual de la educación superior chilena, parece cada vez más claro que no es un lujo, sino una condición necesaria para asegurar calidad, legitimidad y proyección futura.

Quizás el mayor desafío consiste en asumir que aprender institucionalmente implica aceptar la incomodidad del cambio. No todas las decisiones estarán exentas de tensiones, ni todos los aprendizajes serán inmediatos. Sin embargo, en tiempos de creciente presión externa, las instituciones que logran convertir la evaluación y la experiencia en aprendizaje colectivo estarán en mejores condiciones de responder con solidez y sentido a los desafíos que enfrentan.