Columna de Opinión
Los procesos de acreditación y la nueva internacionalización de las universidades
Enrique Fernández Darraz
Doctor en Sociología por la Universidad Libre de Berlín, Director de Aprendizaje Institucional Universidad Alberto Hurtado
Las Universidades fueron desde sus orígenes en el siglo XI, instituciones de carácter internacional. Los alumnos y profesores que formaban estas corporaciones se aglutinaban habitualmente en “naciones” y viajaban de un punto a otro del “mundo conocido” para escuchar a los grandes maestros y para enseñar.
Además del latín como lengua común, un elemento que hizo posible este carácter universal de las instituciones fue la licencia que entregaban: licentia ubique docendi. Ésta era reconocida en todos los territorios bajo la égida del Emperador y el Papa, y no sólo en el principado u obispado local.
Las guerras religiosas y la paz de Westfalia de 1648, cambiaron radicalmente esta situación. Con el surgimiento de los estados nacionales las universidades comenzaron también a transformarse en organizaciones de carácter nacional, cuya función principal fue formar a los funcionarios que los nacientes estados requerían. Esta situación se consolidó con el advenimiento de Absolutismo Ilustrado y, finalmente, con la aparición de los estados democrático-republicanos en el siglo XIX.
Así, la Universidad se hizo nacional. Si bien sus profesores y alumnos conservaron algún grado de movilidad y continuaron manteniendo un estatus reconocido internacionalmente, desapareció la peregrinatio académica, el reconocimiento supranacional de las licencias y las instituciones debieron abocarse, en gran medida, a servir a los intereses de desarrollo de los estados.
Recientemente esta situación ha comenzado a cambiar en el marco del proceso llamado “globalización”. Desde hace varias décadas se están haciendo diversos esfuerzos por lograr que las universidades recobren su carácter universal. Estos surgen de iniciativas e instituciones supranacionales. En el primer caso se encuentran, por ejemplo, el acuerdo de Bolonia de los Ministros de Educación europeos o el de los Ministros de Educación latinoamericanos (como la declaración de Lima del año 2001) o los acuerdos de los Ministros de América Latina, el Caribe y la Unión Europea (ALCUE). En el segundo grupo se encuentran, por ejemplo, organizaciones como UNESCO, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio, el Banco Interamericano del Desarrollo, entre otros.
En la mayoría de los casos lo que se busca es promover la movilidad estudiantil y académica, a través de una serie de acuerdos e instrumentos.
Las universidades, sin embargo, han cambiado. Ya no son las instituciones formadas por profesores de elite, para educar a la elite. Hoy son instituciones que han vivido una increíble expansión, que se han diversificado significativamente y que se han extendido más allá de los límites de las elites locales.
Además, al instalarse en el centro de las sociedades y comenzar a transformarse en una etapa más de la formación de las personas, ha aumentado el interés de los distintos grupos sociales en su buen funcionamiento. La profusión de conceptos que ya se han hecho de uso diario – como pertinencia, vinculación, retención, titulación efectiva, empleabilidad, entre otros – son el mejor ejemplo de esta situación.
Es así como los ciudadanos y los estados han llegado a considerar necesario verificar la calidad de los programas que las universidades ofrecen, exigirles una mayor rendición de cuentas del uso de sus recursos y, en general, una mayor eficiencia en su trabajo.
Esto ha provocado que los procesos de acreditación, antes limitados sólo a determinados países (como USA), se extendieran por todo el planeta y se hayan comenzado a transformar en parte constitutiva de los sistemas de educación superior. Si bien la forma que estos adoptan y los énfasis que ponen varían de un país a otro, sus objetivos son en general los mismos: verificar la calidad con que las universidades están realizando su quehacer y los propósitos de desarrollo que se han impuesto. Sólo de ese modo es posible garantizar que el funcionamiento de las instituciones sea de una calidad equivalente y, por lo mismo, sean posibles de reconocer o integrar internacionalmente.
La importancia que la acreditación ha tomado como mecanismo de verificación de la calidad del trabajo académico, ha llevado a que en la actualidad más de 70 países del mundo estén desarrollando sistemas de aseguramiento de calidad.
La responsabilidad que recae sobre estos procesos y su adecuada ejecución no es menor. Y esto deben comprenderlo los Estados, las organizaciones que los llevan a cabo y las instituciones que se someten a ellos.
De la acreditación depende garantizar que las instituciones estén respondiendo a las expectativas de calidad que las sociedades se han hecho de su funcionamiento y objetivos.
Pero en ella también descansa, en gran medida, la posibilidad que las universidades vuelvan a ser las instituciones universales que alguna vez fueron.
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